Santa Fe recuerda los 17 años de la inundación del río Salado.

Se trató de la peor tragedia que afectó a la ciudad capital y tuvo como día puntual de mayor afectación el 29 de abril de 2003, cuando el agua del río salado penetró de lleno por el oeste sobrepasando incluso las vías del ferrocarril y afectando sectores como el por entonces inaugurado Hospital de Niños, el que debió ser desalojado en pocas horas.

 Las persistentes lluvias de esos días ya habían barrido con defensas y terraplenes de otras poblaciones santafesinas, que debieron evacuar a vecinos o establecer sistemas de contención preparados de último momento.

 Durante cinco días, las lluvias se concentraron en el cauce bajo del río Salado y se acumularon 1400 milímetros, provocando el crecimiento desmedido del cauce. Ante esta inusual realidad, y aprovechando un tramo inconcluso de las defensas en el noroeste, el agua penetró y quedó atrapada en el oeste y sur de la ciudad.

 Los terraplenes, que debían servir de defensa, ayudaron a que las aguas se embalsaran sobre la ciudad y no pudieran escurrir, afectando a los sectores barriales, algunos de ellos de los más pobres de la capitales. 

 Pérdida de vidas humanas, miles de evacuados, millones de pesos en pérdidas materiales, fueron algunas de las consecuencias que dejó a la vista tan traumática situación, a lo que habría que agregarle algo imposible de medir en cifras, como los recuerdos perdidos y la afectación sicológica de los habitantes.

 En aquel 8 de mayo de 2003, el por entonces gobernador Carlos Reutemann cerró la lista de víctimas fatales en 23, considerando que fueron muertes directas a la inundación. Pero organizaciones no gubernamentales y familiares siguen reclamando y elevan la cifra a 160 muertos, ya que se contabilizan aquellos que fallecieron como consecuencias físicas y psicológicas producidas por la tragedia.

A 17 años de aquella tragedia, en virtud de otra emergencia histórica como lo es la pandemia del coronavirus, Santa Fe recordará a la inundación sin actos ni proclamas, con el sólo silencio que atronó en aquellas fatídicas jornadas.