El aula, un territorio femenino

Las mujeres son las que mayoritariamente están al frente de las aulas en Argentina. Según el último censo nacional, 8 de cada 10 maestros son mujeres.

Las mujeres representan el 93 por ciento de los docentes santafesinos

Curiosamente Santa Fe es la que encabeza el ranking de jurisdicciones con menor cantidad de docentes varones. En nuestra provincia las chicas son una abrumadora mayoría que alcanza el 93 por ciento del total.

Esta ecuación se modifica sensiblemente a medida que subimos en el nivel educativo, donde los hombres recuperan algo de terreno.

La presencia de la mujer en la educación tiene sus incipientes raíces en la época virreinal, pero es a partir del siglo XXI donde se produce un masivo proceso de feminización del magisterio, hasta alcanzar los datos que conocemos en la actualidad.

Sin embargo, el camino ha sido un largo derrotero de triunfos y derrotas. En los albores de la educación de nuestro país las aulas estaban encabezadas por varones, principalmente sacerdotes de órdenes religiosas como jesuitas y franciscanos, que tenían a su cargo la enseñanza de los infantes.

En este sentido, el primer docente registrado en Argentina fue el español Don Pedro de Vega, que en el año 1570 ejercía su profesión en Santa Fe.

La necesidad de sus servicios era tan requerida que el Teniente Gobernador de entonces le había prohibido la salida de la provincia.

Por otra parte, la educación no era precisamente un derecho de mujeres, que por entonces, estaba basada predominantemente en tareas domésticas.

Eran tiempos de currículos sexuados donde la formación del varón y la mujer estaban bien diferenciados: los hombres se ocupaban del conocimiento de las ciencias y a las mujeres de las artes de la costura. Las matemáticas y la geometría todavía no eran cosas de chicas.

Esas niñas se convertirían con el tiempo en maestras, pero aún tenían que demostrar que sabían coser y bordar.

En algunos países de América Latina, el reglamento de ingreso a la docencia sostenía que las maestras tenían que demostrar conocimientos de ciencias y alfabeto, pero también, que aprendieron la costura, y en este sentido, debían exponer en público sus “habilidades prácticas”.

La cuestión de género fue un elemento muy importante al momento de pensar en la educación de los niños.

Nicolás avellaneda señalaba: “La experiencia ha demostrado efectivamente que la mujer es el mejor de los maestros, porque es más perseverante en la dedicación a la enseñanza, desde que no se le presentan como al hombre otras carreras para tentar su actividad o ambición y porque se halla, en fin, dotada de todas esas cualidades delicadas y comunicativas que la hacen apoderarse fácilmente de la inteligencia y de la atención de los niños”

Pero como la realidad nunca es lineal y siempre admite más de un análisis, algunos investigadores sostienen que lo que incide en la contratación de mujeres para la docencia son los contextos socioeconómicos, el mundo laboral, el reacomodamiento de mujeres y varones en el mercado de trabajo y principalmente un salario más bajo.

Investigaciones presentadas en el Primer Congreso sobre los procesos de feminización del magisterio en América Latina señalan: “El Estado, falto de los fondos suficientes para enfrentar de manera apropiada la creciente expansión de los servicios educativos demandados por la población, fue el principal promotor de la feminización de la ocupación docente, ya que optó por contratar fuerza de trabajo femenina barata”. El estudio señala, además, que la diversificación del trabajo masculino provocó la deserción de los varones de la enseñanza primaria.

La mirada de género y los discursos sexistas hegemónicos han sido un factor de importancia en la presencia de mujeres en la educación. En este sentido, la Doctora Graciela Morgade sostiene que “en los albores del sistema educativo argentino, el discurso acerca de la natural capacidad femenina para la docencia conserva una extraordinaria continuidad entre los diferentes grupos hegemónicos y no hegemónicos de la sociedad. En este sentido, podemos afirmar que durante un prolongado período inicial (1870-1930), la feminización de la escuela primaria en sus aspectos cuantitativos y cualitativos, no encontró oposición desde la sociedad”.

Madre del aula

A pesar de la presencia masiva de maestras en las aulas, la mayoría fueron casi siempre invisibilizadas. Una de ellas fue Juana Manso, considerada como una de las primeras educadoras. Su impronta pedagógica la llevó a la creación de Sociedades de Fomento de Educación y a ocupar, por primera vez en la historia de nuestro país, una vocalía en el Departamento de Educación.

Su posición política contraria a Rosas, la convirtió en una exiliada y “maldita” de la Historiografía oficial.

Eran tiempos difíciles para la mujer, principalmente para las que osaban compartir el conocimiento con los hombres. Para males, el inicio a la docencia estaba regulado por un concurso establecido por una “Junta Directora”, donde se exigía como requisitos indispensables: Profesión de fe católica, buenas costumbres, buen carácter e instrucción suficiente. Por supuesto que las “buenas costumbres” eran las que ponían a la mujer en un rol de inferioridad.

Juana Manso no fue la primera educadora pero su cercanía con Sarmiento le permitió tomar algunas decisiones. En 1858 fue nombrada directora de la recientemente fundada Escuela de Ambos Sexos Nº 1, donde pudo llevar adelante una pedagogía moderna que otorgó especial importancia a la espontaneidad y la creatividad del niño rechazando los castigos corporales. Murió joven, pero su legado fue importante no solo en la defensa de la educación, sino también en el reconocimiento de los derechos de la mujer.

En su despedida, la poetisa Juana Gorriti dijo: “Juana Manso, gloria de la educación, sin ella nosotras seríamos sumisas, analfabetas, postergadas, desairadas”.

Las de Norteamérica

De las mil docentes extranjeras que soñó Sarmiento sólo llegaron al país 61 mujeres y 4 varones. Los requisitos que debían cumplir eran muy exigentes: “maestras normales, jóvenes pero con experiencia docente, de buena familia, conducta y morales irreprochables y, en lo posible, de aspecto agradable”.

A pesar del legado pedagógico de estas mujeres, que en algunas provincias argentinas fue muy importante, es muy poco lo que se conoce de ellas.

La impronta de muchas de esas maestras dejó marcas importantes, tal es el caso de Clara Bischoff, que dejó en Rosario una perdurable huella pedagógica: “Se la recuerda, dice Silvia Roitenburd, por sus avanzados criterios de pedagogía escolar. No había en su escuela distinción de razas, de nacionalidad, de religión o de ideario político; no había uniformes ni insignias; no había promedios ni amonestaciones, ni siquiera un régimen de inasistencia, ya que concurrían los que podían hacerlo. Una heterodoxia imperdonable que le valió duras críticas”.

A pesar de la impronta femenina en la educación argentina, solo el diez por ciento de los establecimientos educativos llevan el nombre de alguna mujer.

Más grave aún, si tenemos en cuenta que los reglamentos de designación de nombres para las escuelas ponen en primer lugar a los educadores. Pareciera que en educación nadie es profeta en su tierra, mucho menos si es mujer. Sin embargo, siempre hay tiempo para reivindicaciones.